martes, 15 de mayo de 2007

Sombras sobre el Anauroch, capitulos 1-2

Se que a la mayoría no os interesara lo más mínimo y que más de uno se preguntara que he tomado y si invito, pero a continuación voy a colgaros los dos primeros capítulos de un relato que ando escribiendo, gracias a ciertos conocidos que me han convencido para continuar, ambientado en Reinos Olvidados. El motivo de que lo cuelgue es que llevo una racha bastante mala en cuanto a humor y, sobretodo, inspiración, y me han propuesto que los cuelgue. En fin, gracias a los que aguanten hasta el final.

Capítulo 1

Nos acercábamos como sombras moviéndose a contraviento, furtivos, silenciosos, letales. El hambre, la sed, el dolor, las heridas, los recientes recuerdos que desgarraban nuestras almas, se habían convertido, de repente, en combustible que nos daba la fuerza necesaria para tomar venganza. La justa venganza que nuestros cansados espíritus reclamaban por la destrucción de nuestro clan, y con el de todo lo que nos era querido en esta dura tierra, a manos de estos nuevos invasores del desierto que se hacían llamar a si mismos shadovar.

Los centinelas no tuvieron tiempo ni de emitir el más ligero susurro puesto que cuando la hoja de un afilado cuchillo cortaba la garganta del primero otra hoja ya acudía a clavarse en su espalda, y dos afiladas espaldas cercenaban la vida de su compañero como los rayos de At’ar. Los demás, empero, no perdíamos nuestro tiempo regodeándonos de la muerte de nuestro enemigos, pues nuestras propias armas ansiaban satisfacer la venganza con que nuestro odio las había envenenado. Pero el destino marcado en las arenas resultó ser muy distinto.

Salieron de sus tiendas, y de la propia oscuridad de la noche sin luna, como wyverns lanzándose sobre su presa, y en el centro de todo uno de sus líderes, un monstruo devorado por las sombras que en el proceso las había corrompido con su maldad, un shade. Los aborrecibles invasores habían usado a sus propios hombres como corderos para atraernos, aquello añadió fuelle a nuestros odios y rompió lo que restaba de nuestras corduras. Los bedines éramos un pueblo acostumbrado a los sacrificios y a la dureza de la supervivencia diaria, pero una tribu era capaz de arriesgarse entera por salvar a uno de sus miembros, puesto que en la unidad hallábamos la fuerza. No como aquellos chacales que solo veían a sus compatriotas como medios para obtener lo que deseaban. Ese era el gran mal de los habitantes de las ciudades según el viejo sheik de la tribu.

La afilada hoja de una oscura espada amenazó con cortar estas reflexiones junto con su vida, aunque por suerte solo consiguió lo primero. La espada de Jonnar había bloqueado la del enemigo justo antes de que su otra arma, una daga corta y sinuosa, lo destripase. Jonnar siempre había sido un guerrero directo y fiero, no como él, que solía perderse en contemplaciones incluso en los peores momentos, como el que estaba viviendo. Pero otra afilada hoja, con un objetivo bien distinto, le hizo olvidarlas por completo.

Apenas consiguió bloquear el arma que buscaba la espalda de Jonnar, pero lo hizo, y además consiguió que uno de los enemigos se olvidase de su compañero de armas. Si, él no era tan buen combatiente como la mayoría de los que iban en el grupo, pero tenía un don especial, un don que le separaba de todos pero que a la vez le convertía en alguien apreciado y protegido. El enemigo descubrió este don cuando su perfecta finta que debería haber culminado con él decapitado lo hizo con su espada enterrada en el estomago desprotegido de su enemigo. La confusión y la sorpresa se mezclaban en los ojos del soldado mientras la vida escapaba como una furiosa tormenta de arena por ellos.

Su don volvió a actuar, y su espada voló rauda y veloz hasta chocar, en pleno aire, con una oscura flecha dirigida contra Jonnar. Miedo y revulsión se mezclaron en él cuando la caída flecha comenzó a sisear, convertida en una sombría parodia de un áspid. Mientras decapitaba al engendro, que se fundió en un charco de sombra liquida, devolví tímidamente la fiera mirada que me mandaba la arquera. Era una mujer alta para la media de los shadovar, su oscura armadura indicaba algún tipo de rango superior, y su portentoso arco largo hecho de algún cristal, oscuro como la nada, gritaba a viva voz el peligro que suponía ella para cualquiera que se interpusiese en su camino. Y en ese momento ese era él, la fiera mirada que ella le dirigía lo atestiguaba, y la sombría flecha que apareció cuando tenso aquel vaporoso hilo apuntándole lo demostraba. Pero al parecer su monstruoso líder tenía en mente otros planes para mí, y con una simple orden, seguida de una palabra aun más simple, acabo con el ataque hacía mi seguido de mi conciencia. La oscuridad consumió mi visión y finalmente todo mi ser, aunque no antes de ver como un sombrío áspid se enterraba en la espalda de mi compañero.


Capítulo 2

Doorus sentía el sudor arremolinarse en su frente, empapándole su tupida cabellera y cayendo por su larga barba negra, pero no importaba, había tenido el buen tiento de colocarse una tira de tela ocre, del mismo color que su túnica, encima de los ojos. Además el calor no era algo desconocido para los suyos, los había sufrido peores, aunque no mucho peores, se recordó. Entonces decidió que era el momento, se concentró en el poder de su cetro, una obra maestra de marfil y plata traído de su antigua patria, su ya olvidada patria, y la ígnea muralla que cubría, y arropaba, al vigilante e imponente golem de hierro se disipó. Por desgracia también lo hizo el conjuro que le mantenía invisible, y consecuentemente el golem decidió lanzarse a por aquel molesto intruso, que había conseguido llegar hasta allí y turbar su eterno reposo, y aplastarlo.

Aunque ni siquiera llego hasta él. El enorme constructo se tambaleó al sentir fuertes golpes en sus piernas. Vapraak, un musculoso orco gris con una espada doble cuyas brillantes hojas hendían su duro metal con como si fuese madera tierna. El golem no era muy inteligente, apenas algo más que aquellas paredes que defendía, pero entendía sus órdenes, impedir el paso a cualquier cosa, y era bueno en su trabajo. Se volvió hacia el orco que ya se retiraba pero un tercer intruso apareció bloqueándole el paso. A pesar de medir menos de la mitad que él, y pesar tan solo una fracción, aquella criatura resistió su envite como si de un muro de acero se tratase, lo cierto es que Gareth Crowen, antiguo caballero de la orden del Puño de Ébano, había sido comparado más veces de las que se puedan contar fácilmente con tal objeto. Aunque sinceramente, con sus mas de dos metros de altura, una constitución recia, aunque estilizada, y sus fieles armadura completa, escudo pesado y su espada larga, Gareth era mucho más inamovible que cualquier muro de metal.

Doorus era un alma atormentada, con un pasado más oscuro de lo que ninguno de sus compañeros, excepto Vapraak que había vivido con él el final de esa historia, pudiese imaginar. Pero podía ver claramente el dolor en el alma de Gareth manando como un manantial de la férrea montaña que era el disciplinado caballero. Pero no era tiempo de meditar algo a lo que ya demasiadas vueltas había dado y con ninguna respuesta había dado. Los dedos ágiles y entrenados el mago sacaron una fina varilla de cristal que espolvoreó con polvo de diamante, para después frotarla rítmicamente contra su palma mientras iniciaba un arcano cántico. Cuando ya notaba el vello de su palma erizarse apuntó al golem con el trozo de cristal y finalizó el conjuro. Un crepitante rayo, que pronto devoró el olor a polvo para sustituirlo por el de ozono, chispeo como una brillante flecha hasta el golem dañándolo e interrumpiendo su funcionamiento el tiempo suficiente para derribarlo sin peligro. Doorus se sentía contento, no era algo que fuese a reconocer, pero ese tipo de conjuros le traían agradables recuerdos de los buenos tiempos en su patria, de su vida como mago rojo.